La verdad nunca muere – Capitulo Liverpool 1822

Hola Amigos, Estoy muy feliz x muy pronto mi primero libro sera publicado en espanol en la America Latina.

Abajo un trozo del libro.

PS: Perdona mi malo espanol.

 

 

Capítulo IV. Liverpool – 1822

 

—No puedo casarme con él, padre. ¡Tiene que parar con este acuerdo!

—No te atrevas a levantarme la voz, jovencita. ¡Te levantaré la mano y te enseñaré a respetarme si hace falta!

El Sr. Williams dio un puñetazo con su mano derecha en la mesa de madera. Le tiró un tenedor a su hija.

—¡Felicidad! —gritó—. ¡Este hombre es nuestra oportunidad para ganar dinero de nuevo! Él será tu marido y no tienes más elección en el asunto.

La joven, de pelo largo y oscuro y ojos azules, le suplicó.

—Tiene niños muy pequeños trabajando en su fábrica, padre, y todo el mundo sabe acerca de las pésimas condiciones en las que trabajan; yo lo vi con mis propios ojos. Las condiciones en las que esos pobres niños trabajan y viven son peligrosas e infrahumanas. Son tratados como animales. Vi a una niña pequeña que tendría cinco años, a lo sumo; tenía los ojos más tristes que he visto nunca y fue como si me pidiera misericordia en silencio. No podría vivir con un hombre así; ya sabe cómo me siento ante la explotación infantil…

Antes de que pudiera terminar su frase, su padre se levantó y la agarró violentamente por los brazos.

—Me importa un bledo si los niños en su fábrica están sanos o no. ¡Y me importa un comino si le pega a esos pobres pequeños diablos o no! Él es nuestra salvación, Felicidad; es nuestra escapatoria ante la miseria en la que nos encontramos.

Todavía sosteniendo a su hija y mirándola firmemente a los ojos, el viejo la sacudió violentamente y la sentó en una silla junto a la mesa.

—Mañana, el Señor Worley vendrá con su hijo, Peter, a las siete en punto, y su hijo me pedirá permiso para casarse contigo. Bajarás de tu dormitorio al comedor y le regalarás al señor Worley y a su hijo una sonrisa, diciéndoles cómo de alegre y honrada te encuentras por la noticia.

El viejo salió de la habitación. Felicidad permaneció de rodillas, llorando, sintiéndose desesperada.

En ese momento, la sala se llenó con una luz que iluminó toda la habitación. Dos hombres, que eran invisibles para Felicidad, se acercaron a ella y, poniendo sus manos sobre la cabeza de la joven, comenzaron a sanar su espíritu, en silencio. Aunque Felicidad no podía verlos o ver cómo de brillante se había convertido la habitación, en ese momento, se sintió más tranquila.

—Por favor, Señor —dijo, mirando hacia arriba—. Quédese conmigo. Ayúdeme a encontrar una salida.

 

El día siguiente llegó. Miranda, una mujer negra, era el único miembro del personal que permanecía trabajando para el Sr. Williams, después de que él se declarara en bancarrota. Miranda empezó a limpiar la casa muy temprano para asegurarse de que todas las tareas de limpieza estuvieran realizadas antes de que llegaran los Worley. Hizo una limpieza profunda en la casa, arregló el jardín y se dedicó a cocinar para la cena especial de esa noche.

Miranda siempre había estado muy entregada con la madre de Felicidad y, cuando esta cayó enferma de cáncer, Miranda le prometió que cuidaría de su hija pasara lo que pasase.

Cuando la madre de Felicidad falleció, el Sr. Williams comenzó a beber más que de costumbre y se volvió adicto a las apuestas. Perdió todo su patrimonio aparte de la casa en la que vivían. Todos los otros sirvientes, cansados de ser verbalmente maltratados por el Sr. Williams y descontentos ante la falta de pago por sus servicios, lo abandonaron. Miranda fue la única que se quedó, aunque su decisión no tuvo nada que ver con el Sr. Williams. Quería mantener su promesa y cuidar de Felicidad porque se preocupaba por la niña como si fuera suya. La situación financiera no había mejorado y el acuerdo de matrimonio era para él una salida de la miseria.

El carruaje llegó puntualmente a las siete en punto. Peter Worley, junto con su padre y su madre salieron del carruaje y fueron recibidos por el Sr. Williams. El padre de Peter, el Sr. John Worley, era un comerciante muy famoso y rico de la región. Aunque no hablaba de ello, todo el mundo sabía que la parte más rentable de su negocio era resultado del comercio de esclavos, y que la razón por la que no mencionaba la naturaleza de su negocio no era porque no estuviera orgulloso de ello, sino porque el comercio de esclavos se había vuelto ilegal en el Reino Unido.

Su conversación en el comedor fue incómoda y formal. El novio y su familia parecían impacientes, como si quisieran quitarse de encima las negociaciones y salir de la casa. El novio pidió ver a su futura prometida. El Sr. Williams sabía cómo de reacia estaba su hija a casarse con ese hombre, pero no tuvo más remedio que llamarla para que bajara a la sala.

El Sr. Williams le pidió a Miranda que llamara a Felicidad, que estaba preparada en su dormitorio. Felicidad bajó las largas escaleras de madera. Llevaba un vestido amarillo muy llamativo, su pelo era rizado y brillante, y su rostro estaba tan pálido como la porcelana. Todos en la sala se pusieron en pie para ver a la joven entrar en la habitación, y todos ellos la felicitaron por lo hermosa que estaba. Felicidad estaba visiblemente incómoda y muy inestable. Los ojos de Peter se centraron en ella. Sabía acerca del rechazo de ella, pero eso sólo había hecho que se sintiera aún más atraído por la joven. Pasó meses obsesionado con ella y soñando con el día en que sería suya.

—Tienes razón, hijo —dijo John Worley, admirándola—. Es hermosa y será una buena esposa.

—Felicidad —dijo su padre—. El joven Sr. Peter acaba de pedirme permiso para casarse contigo. Y le he dicho a él y a sus padres cómo de honrados estamos con esta propuesta.

Felicidad miró al Señor John Worley.

—¿Podría preguntarle algo, Sr. Worley?

El hombre estaba demasiado sorprendido para responder y Felicidad siguió adelante antes de que incluso él pudiera abrir la boca.

—¿Es cierto que usted, Sr. Worley, todavía envía naves a África para capturar a seres humanos inocentes para luego venderlos en diferentes países?

La pregunta cayó como una bomba en la sala.

—Es usted una niña muy insensata si cree que puede cuestionarme así —respondió el Sr. Worley—. Debe sentirse estúpidamente orgullosa de su decadente padre para atreverse a confrontarme así. ¿Cree que mi hijo y yo no sabemos que este matrimonio es la última esperanza de su padre y suya en la vida? Esta es la única manera para él de conseguir algo de dinero y salvarse de la completa miseria. Debe de ser muy insensata para echar por la borda su única oportunidad en la vida con semejantes acusaciones.

—No amo a su hijo y él lo sabe. Ha estado detrás de mí durante meses y he dejado mis pensamientos claros. No entiendo qué le hace insistir.

El Sr. Williams, tratando desesperadamente de encontrar una solución para el desastre creado por su hija, le suplicó a la familia Worley que no se fueran. Se tiró a los pies de Peter.

—Por favor, por favor, no se vaya. Ella le obedecerá como su marido y será una buena esposa. Aprenderá a amarle, estoy seguro. Puede enseñarla.

—Nos vamos —dijo John Worley, dirigiéndose hacia la puerta.

—¡Padre, espera! —dijo Peter—. Me gusta. Me ha gustado desde que la vi por primera vez. ¡Quiero casarme con ella! El Sr. Williams tiene razón; haré que me ame.

Su padre suspiró y accedió a negociar con el Sr. Williams, con la condición de que Felicidad fuera enviada a su habitación y desapareciera de su vista. Una vez que Felicidad dejó la sala, fueron a la mesa donde Miranda les estaba esperando para servirles la cena. El Sr. Williams y Sr. Worley negociaron la boda. La vida de Felicidad fue negociada allí, sobre la mesa, durante la cena, como si estuvieran negociando la vida de uno de los esclavos capturados por el Sr. Worley.

Más tarde esa noche, después de que la familia Worley hubiera abandonado la casa, el Sr. Williams, borracho, fue al dormitorio de Felicidad y la agarró, arrojándola contra el suelo.

—Esto es para enseñarte una lección: ¡nunca le faltes el respeto a tu hombre otra vez!

Escupió en la cara de Felicidad.

Felicidad se quedó en el suelo, llorando. Miranda entró y se sentó junto a ella. Reclinó la cabeza de Felicidad sobre su regazo. Acariciando el cabello de la joven, le cantó una oración en un dialecto africano.

 

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s